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“ENTRÓ PARA QUEDARSE CON ELLOS”

El ser humano tiene necesidad de compañía, frecuentemente oímos en nuestros hogares aquella expresión espontanea “Dios te acompañe”, “Dios esté contigo”. Hasta los ladrones, criminales y malvivientes les dicen a sus familiares “Dios te bendiga”. Es un anhelo que expresa lo que hay en lo más hondo de la naturaleza humana: el deseo de la presencia de Dios con nosotros y con los nuestros. ¿Por qué nos acercamos a las imágenes? ¿Por qué les llevamos veladoras y flores? Porque en ellas sentimos la presencia de la trascendencia, la presencia de la divinidad; las imágenes tienen el imán, nosotros tenemos el metal que es atraído. Necesitamos a Dios o a los que en la vida estuvieron llenos de Dios, los santos. “Nos hiciste para ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti” (San Agustín”).

En el Antiguo Testamento el arca de la alianza y el tiemplo de Jerusalén son lugares en donde para los Israelitas se hacía presente Dios. “Aunque el cielo y lo más alto del cielo no pueden contenerte, ¡Cuánto menos este templo que te he construido! -Con todo Salomón se atrevió a suplicar- “Vuelve tu rostro a la oración y suplica de tu siervo eleva ante ti. Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el lugar del que dijiste “allí estará mi nombre” ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este lugar! 2Cr 6, 19-20. El resultado de parte de Dios fue favorable “Cuando Salomón terminó de orar, bajo fuego del cielo que devoró el holocausto y los sacrificios. La Gloria de Dios llenó el templo” 2Cr 7,1. Jesús es la presencia de Dios en medio del Pueblo, Su nombre significa “Dios con nosotros”.

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, y hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad Jn 1,14. Jesús explícitamente sustituye la gloria del antiguo templo por su cuerpo con un signo realizado en el templo de Jerusalén, allí dijo “Destruyan este templo y en tres días lo levantaré, pero Él hablaba del templo de su cuerpo Jn 2, 19-21. Así la resurrección del Señor habilita una nueva y decisiva etapa de la presencia de Dios en medio de su pueblo, una presencia personal, real, milagrosa, la presencia de Jesús en su cuerpo, en la Eucaristía. Para mí, la narración de San Lucas en el capítulo 24 es definitiva. Los discípulos derrotados por los sucesos del viernes santo, empiezan a sentir alguna presencia misteriosa de Dios en el acompañante desconocido y le dicen “¡Quédate con nosotros!” y entró para quedarse con ellos. “Estando a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo y se los dio”. La Iglesia primitiva, guiada por el Espíritu Santo empezó a creer, a adorar, a estar con Jesús en la Eucaristía. Eso es lo que todos celebramos con amor el Jueves Santo y vemos todos los días en los Sagrarios de los templos.

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Pbro. Porfirio F. Ortiz Osorio

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Redacción

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