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¡NOS SORPRENDIÓ UNA TORMENTA INESPERADA Y FURIOSA…! ¡VOLVAMOS A DIOS! (Reflexión del Papa

El pasado 27 de Marzo de 2020, antes de dar la bendición Urbi et Orbe (a la ciudad de Roma y al mundo entero), a propósito de la emergencia mundial que se está viviendo por el covid-19, el Papa Francisco, basado en el texto de Mc 4, 35-40, hizo una reflexión para ayudar a encontrar el sentido de esta tormenta inesperada y furiosa.

“Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa…” dijo el Papa. “… Desde hace algunas semanas –describe el Papa - parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”.

Siguiendo el relato del Evangelio el Papa hace resaltar las expresiones que ahí se leen: <<Jesús dormía en popa>> <> <<Jesús les dijo: ¿por qué tenéis miedo? ¿aún no tenéis fe? Este tiempo de prueba que nos está causando el covid-19, debemos entenderlo a la luz del Evangelio de Jesús. Es “una llamada a la fe” –dice el Papa- . Pero no a una fe que consiste sólo en creer que Dios existe, sino en volver hacia Él, en confiar en Él. Es un momento de elección… tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”, reflexiona el Papa. “La tempestad –remarca el Papa- desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. Y esta es la invitación del Papa ante la actual situación de emergencia: ¡volvamos a Dios! Reconozcamos que necesitamos la salvación; que no somos autosuficientes; que solos, nos hundimos; que necesitamos al Señor con nosotros.

“El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza”, concluye el Papa.

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