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Diocesis de Huajuapan

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Parece innecesario hacernos esta pregunta, si tenemos en cuenta cuántos años hace que apareció esta consigna en el cielo de la Iglesia. Desde 1983, año de la inauguración del novenario de años para celebrar los 500 años de evangelización de América Latina y El Caribe, hasta el presente, la Iglesia ha caminado bajo la consigna de la Nueva Evangelización. La Nueva Evangelización se ha ido comprendiendo, profundizando, se ha comentado en múltiples ocasiones. Se han escrito muchos libros, ha habido eventos dedicados exclusivamente al tema de la Nueva Evangelización.

Todo el dinamismo de la Iglesia universal expresa la vivencia de la Nueva Evangelización. Nos vamos acercando al medio siglo de la Iglesia bajo esta experiencia. Los hombres de la presente generación pueden hacerse preguntas muy legítimas sobre este tema. Hace ya 8 años que se celebró el Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana. En los “lineamenta” para dicho sínodo se expresa que hay necesidad de aclarar ideas y conceptos sobre ella. “Desde el concilio Vaticano ll hasta el presente, la Nueva Evangelización ha sido presentada cada vez con más claridad, como el instrumento gracias al cual es posible enfrentar los desafíos de un mundo en acelerar transformación y como el camino para vivir el don de ser congregados por el Espíritu Santo, para realizar la experiencia del Dios que es para nosotros Padre, dando testimonio y proclamando a todos la Buena Noticia, el Evangelio de Jesucristo”. “La Nueva Evangelización, dice el Papa Benedicto XVI, consiste en el coraje de atravesar y transitar por nuevos senderos para anunciar a Cristo”. “La Nueva Evangelización consiste en llevar el Evangelio, a aquellos que lo conocen poco o se han alejado de la Iglesia”. “La Iglesia existe para evangelizar y la Nueva Evangelización será la forma en que vivirá la Iglesia del siglo XXI”.

La Nueva Evangelización comprende todas sus dimensiones: es pneumática porque se realiza con la fuerza y poder del Espíritu; es cristocéntrica porque el centro de su mensaje es el anuncio del nombre y de la persona de Cristo; es Kerigmática porque anuncia el kerigma presentando el amor de Dios, el pecado, sus grandes consecuencias y la salvación en Cristo Jesús. La Nueva Evangelización es necesariamente bíblica, como lo hizo el resucitado.

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Pbro. Miguel Ambrosio Velasco

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Por la importancia que tuvo la cruz para nuestra salvación y porque recordamos el hallazgo de la cruz de Jesús, por parte de Santa Elena en el año 326. Respecto a la importancia de la Santa Cruz para nosotros, déjame decirte que sencillamente es nuestro símbolo, la “bandera” de los cristianos, pues es el instrumento de nuestra salvación, ya que Cristo, estando en la cruz sufrió y conquistó la Gloria, al tiempo de realizar el plan de Dios.

Cristo “anuló el comprobante de nuestra deuda, esos preceptos que nos acusaban; lo clavó en la cruz y lo suprimió. Le quitó su poder a las autoridades del mundo superior, las humilló ante la faz del mundo y las llevó como prisioneros en el cortejo triunfal de su cruz” (Col 2, 14-15). Con su Cruz, Jesús “destruyó el odio y, habiendo hecho de los dos un solo pueblo, los reconcilió con Dios por medio de la misma cruz” (Efe 2, 16). Por eso la cruz no es un fracaso, sino el éxito más grande, ya que “si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24); aunque claro, “el mensaje de la cruz no deja de ser locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios” (1Cor 1, 18). Cristo mismo dijo “el que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga (Mc 8, 34).

Respecto al hecho histórico del hallazgo de la cruz en la que murió Jesús, el historiador Eusebio de Cesarea nos cuenta la historia de conversión del general Constantino, hijo de Santa Elena, quien en el año 311 de la Era Cristiana, ganó una dura batalla contra Majencio, Jefe de Roma; la noche previa a la batalla soñó una cruz luminosa en los aires y oyó una voz que le decía: “Con este signo vencerás”; Constantino colocó la cruz en varias de las banderas de los batallones, pero sobre todo expresó su confianza en Cristo, en quien su madre ya creía, y ganó dicha batalla; llegó a ser Emperador y decretó, en el año 313, la libertad para los cristianos, que por tres siglos venían siendo muy perseguidos por los gobernantes paganos.

Por su parte, escritores sumamente antiguos, como Rufino, Zozemeno, San Crisóstomo y San Ambrosio, cuentan que Santa Elena, la madre del emperador Constantino, fue quien halló la cruz en la que murió nuestro Salvador.

Seguimos viviendo en una situación de contingencia por el COVID-19; y por supuesto que esto puede causar preocupación o desánimo en más de uno. Pero tengamos fe y esperanza, hermanos; observemos las medidas de prevención que sean necesarias, pero a la par confiemos en lo que dice San Pedro en la segunda lectura de este 3 de mayo, día de la Santa Cruz: Jesús “cargando con nuestros pecados, subió al madero de la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Por sus llagas ustedes han sido curados, porque ustedes eran como ovejas descarriadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas” (1Pe 2, 24-25). Que Dios, para quien nada es imposible, nos libre de todo mal y nos conceda, por su Hijo Jesucristo, guardián de nuestra vida, el fin de esta pandemia. ¡Que así sea!

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Lic. Lubia Esperanza Amador

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En este tiempo especial que Dios nos permite vivir, es necesario tener presente las palabras del Papa Francisco: “Hagamos espacio a la Palabra de Dios. Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad, que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida”. La Sagrada Escritura nos consuela y nos ilumina: lámpara es tu palabra para mis pasos y luz en mi sendero (Salmo 118,105).

La Iglesia es la Esposa de Cristo que vive de la escucha de su Palabra. La Iglesia escucha con devoción y proclama con valentía la Palabra de Dios. “La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino”. (VD 51). Nos dice el Vat. ll: “Dios que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado”, (DV 8). El tiempo especial que estamos viviendo puede favorecer el recogimiento interior para reflexionar en los misterios de Cristo, como lo hacía la Santísima Virgen, (cf. Lc 2,51). Recordando que la vida cristiana se caracteriza esencialmente por el encuentro con Jesucristo que nos llama a seguirlo, necesitamos acercarnos a la Palabra de Dios, que resplandece maravillosamente en la Sagrada Escritura, la cual hay que conocerla para conocer a Cristo. Es muy importante tener presente las Palabras del Papa Benedicto XVl “expreso el vivo deseo de que florezca una etapa de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios, de manera que, mediante una lectura orante y fiel a lo largo del tiempo, se profundice la relación con la persona misma de Jesús”, (VD 72). Al conocimiento auténtico de la Sagrada Escritura sigue el crecimiento verdadero en el amor a Cristo, ya que la Biblia es el instrumento con el que Dios habla cada día a los creyentes.

Como dice San Jerónimo: acerquémonos a la Sagrada Escritura y recibamos el mensaje de amor: “Dios vino a visitarnos en persona, haciéndose hombre. No tomó nuestra condición humana por un sentido de responsabilidad, sino por amor. Por amor asumió nuestra humanidad, porque se asume lo que se ama”, (Papa Francisco). El presente momento que vivimos nos invita a fortalecer nuestra esperanza. La Palabra de Dios nos dice que “Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman”, (Rom 8,28). El Papa Francisco nos dice “Cambia tu vida porque ha comenzado una nueva forma de vivir… Jesús también te repite: ánimo, estoy cerca de ti, hazme espacio y tu vida cambiará”.

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Pbro. Miguel Ambrosio Velasco

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Hemos vivido un tiempo importante preparatorio para celebrar la Pascua de Cristo resucitado. Celebramos la “Semana Mayor”, como la llaman algunos, o “Semana Santa” que vivimos en nuestra familia creando mayor conciencia, dentro de la crisis de Covid 19, que la Iglesia nació en las casas de las familias (Filemón 2), puesto que todavía no había templos para la Nueva Iglesia de Jesucristo a la que ingresamos por nuestro bautismo. Ahora iniciamos un tiempo llamado Cincuentena Pascual (cincuenta días) para reflexionar en la resurrección de Cristo.

La Pascua es el tiempo de la vida de Cristo resucitado y de la vida humana de todo ser humano que habita en toda la tierra. Cristo después de la resurrección y antes de subir al cielo, dio pruebas de que estaba vivo y se apareció repetidas veces, durante cuarenta días, hablando a sus discípulos del Reino e instruyéndolos antes de subir al cielo (Hechos de los Apóstoles 1, 3-9). El dejó el mandato misionero del que muchas veces les había hablado en su vida terrena. Ahora él lo recuerda: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enséñeles a poner por obra todo los que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos (Mateo 28, 19-20).

Esta promesa “Yo estoy con ustedes…” de Cristo, sigue siendo escuchada y es fuente de vida y de esperanza (Doc. Día del Señor 31). Como sabemos, el domingo es el día de la resurrección, no sólo es el recuerdo de un acontecimiento pasado, sino que la celebración de la presencia viva del Resucitado en medio de los suyos. San Juan cita a Jesús en su vida temporal; “Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Cristo resucitado es vida (Jn 14. 6). Él amó de manera peculiar el don de la vida de todas las personas y la predicó como Evangelio de Padre, así lo recordó al joven rico, ¡no matarás! (Mateo 19, 18).

La Pascua es la fiesta de la vida. El tiempo pascual nos obliga a tener gran respeto a la vida humana. Comprometerse con ella, es ayudar subsidiariamente a los más pobres que por una pobreza provocada de en algunos, hay tanto sufrimiento. No ignoramos la mortalidad infantil, la cantidad incontable de abortos realizados, la eutanasia por considerar a los ancianos como el desecho de los pueblos, pues “tanto vales cuanto produces”. ¿Qué decir de los miles de crímenes, de secuestros, de tráfico de órganos humanos… que se comenten con frecuencia en todo el mundo?

Con mucha razón enseñaba Jesús: “No matarás y el que mate será llevado a juicio. Pero yo les digo, el que se enoje con su hermano… el que la llame estúpido o imbécil también será llevado a juicio” (Mateo 5, 21-22). Por eso si caemos en estos grandes pecados, reconciliémonos con Dios y con nuestros hermanos. ¡Si queremos la paz y la salvación respetemos la vida!

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Pbro. Xavier Hernández M.

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Viviendo las circunstancias de la cuarentena por la pandemia del Covid-19, se afianza en nuestras familias la unión, uno de los signos más admirados en la primera comunidad de los creyentes y sigue siendo un signo importante nuestros vecinos, amigos, y familiares: “Nos gusta mucho ver a las familias unidas”. Uno se siente muy bien cuando alguien lo halaga con la apreciación: “Lo que más me gusta de su familia es que son muy unidos”. La unidad conlleva, ciertamente, la paz y la ayuda familiar.

El fruto de la unión, por la Pascua del Señor Jesús, tiene que relucir más en cada familia y surelación con todas las demás familias. Si por alguna razón dejamos de vivir esta unión, las circunstancias pandémicas que hoy vivimos nos lo recuerdan.

En la unidad todos tenemos que contribuir con una actitud de mucha apertura, pero sobre todo con la fuerza y luz que nos da la fe en el Señor Jesús, ya que de lo contrario la unión sería pasajera, superficial y circunstancial. La unión tiene que ser algo que estamos consiguiendo con mucho esfuerzo y con mucha fe en una vida nueva que nos da el Señor a través de su Espíritu.

La unidad es fruto del amor de Jesús, de su misma oración: “Padre, quiero que todos sean uno”, de tal forma, que es un don sagrado, divino, trascendente, nuevo, de conversión de la persona que sabe que su Señor lo pone en el camino de la unión con los demás, que son su nuevo camino, por el cual tendrá que transitar en el mundo de la resurrección o de la fe en el resucitado.

A partir de este nuevo camino de unidad que es mi nuevo camino y el de mi familia, hoy se me está requiriendo vivir en comunión con todas las demás familias para enfrentar nuestras necesidades mutuas y las de todos nuestros hermanos que más estén sufriendo. Hoy debemos correr la voz en el silencio en que nos ha puesto esta pandemia para aportar ayuda al más necesitado. “Nadie debe pasar necesidad”, “estamos todos unidos”, el Señor Jesús sigue siendo la luz para nuestros pasos.

Nuestro Señor Obispo, Don Teodoro Enrique Pino Miranda, ha dicho a los párrocos de la ciudad: “les voy a entregar una alcancía a cada uno de ustedes, para que promovamos la ayuda para las despensas de los hermanos que ya lo están necesitando”. Esto significa que hay mucha esperanza en cada familia y que desde la situación que nos está tocando vivir podemos hacer mucho por los hermanos que más nos necesiten.

Para hacer nuestros trabajos y superar nuestras contingencias no hay otro camino: “como el de estar unidos”. “Padre, que todos sean uno”.

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Pbro. Abel Soriano Herrera

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JUAN PABLO II: EL PAPA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

El Papa Juan Pablo ll será considerado siempre como el Papa de la Nueva Evangelización.

Si la palabra aggiornamento (puesta al día) sintetiza el pensamiento de San Juan XXIII, con relación a la Iglesia, la expresión Nueva Evangelización para San Juan Pablo ll, sintetiza su pensamiento para la misión de la Iglesia en el tercer milenio. Desde el lanzamiento de la consigna “Nueva Evangelización” en 1983 hasta su fallecimiento 2 de abril de 2005, significan 22 años de intensa labor para promover, explicar y profundizar la consigna profética de la Nueva Evangelización.

Al aproximarse el centenario del nacimiento del Papa de la Nueva Evangelización, es necesario preguntarnos hasta dónde hemos luchado por comprender, profundizar y vivir la herencia que San Juan Pablo ll nos deja. Bien sabemos que la consigna pastoral “Nueva Evangelización” no es algo ya hecho y terminado, sino más bien una consigna viva que cada día se comprende más y bajo la acción del Espíritu se va comprendiendo y realizando a la vez.

En la historia de la nueva evangelización, después del fallecimiento de San Juan Pablo ll, cuentan mucho los 8 años del pontificado del Papa Benedicto, como testifican entre otras muchas cosas, la institución del dicasterio para la promoción de la Nueva Evangelización (2010) y el Sínodo de los Obispos para la Nueva Evangelización (2012).

El Papa Francisco, nuestro actual Pontífice, en sus 7 años de ministerio petrino, ha promovido con gran creatividad la pastoral de la Nueva Evangelización, considerando como documento central sobre la Nueva Evangelización la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013). Al cumplirse 15 años del fallecimiento del Papa Juan Pablo ll (2 de abril) y los 100 años de su nacimiento (18 de mayo 1920), recordemos sus palabras proféticas: en 1979 en Cracovia: “se ha dado comienzo a una Nueva Evangelización, como si se tratara de un segundo anuncio, aunque en realidad es siempre el mismo”.

En 1983, en Haití, hablando a los Obispos de la conferencia Episcopal Latinoaméricana, “la conmemoración del medio milenio de evangelización, tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí de una Nueva Evangelización. Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. En el Discurso inaugural de Santo Domingo el Papa Juan Pablo dice: “La Nueva Evangelización es la idea central de la temática de esta Conferencia”. (Cfr. Discurso inaugural 6-12.

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Pbro. Miguel Ambrosio Velasco

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Llamamos así a la Semana Santa, porque en ella recordamos y revivimos acontecimientos trascendentales en nuestra vida cristiana; se trata de la dolorosa Pasión de Cristo, así como su Muerte, la cual no fue un rotundo fracaso, sino la más grande muestra del amor de Dios por la Humanidad; y celebramos con júbilo la Resurrección de Nuestro Salvador, que es el fundamento mismo de nuestra fe (I Corintios 15,14).

Así, pues, para los católicos es nuestra Semana Mayor y desearíamos asistir todos los días al Templo, lamentablemente para "el mundo laboral" no todos son días de asueto y este año, por la pandemia del Coronavirus, se tienen que observar muchas medidas de prevención, entre ellas evitar aglomeraciones. Sin embargo, esto no es impedimento para hacer un sincero cambio interior y, participar, si no de manera presencial, sí podemos a través de la TV, radio internet, u otro sitio de la red seguir los principales oficios de la Semana Mayor, entre ellos: Domingo de Ramos, bendición y procesión de las Palmas, con la cual se conmemora la Entrada del Señor en Jerusalén; ese día, en la Santa Misa, se recuerda la Pasión del Señor.

Lunes, Martes y Miércoles Santos, las parroquias suelen desarrollar actividades para reanimar nuestro espíritu cristiano, como “La Hora Santa”, algunas charlas católicas, incluso la proyección de películas (bien documentadas) sobre la vida de Cristo, etc.; siendo lo más importante, por supuesto, la Santa Misa diaria, las Confesiones y la Unción de los Enfermos. Preguntemos en nuestra Parroquia de qué manera podemos unirnos a estos oficios, bien en vivo o bien "online".

Jueves Santo conmemoramos tres instituciones importantísimas: La Sagrada  Eucaristía, el Sacerdocio y el mandamiento del amor, lo cual ocurrió durante la “Última Cena”. Se recuerda también el lavatorio de pies, la aprehensión y, desde luego, se celebra la Santa Misa, además de trasladar al Santísimo al Altar Mayor para adorarlo, en donde se prepara todo un “monumento” en su honor; precisamente muchas personas practican un acto de piedad popular denominado "Visita a los Siete Altares o Templos", para visitar igual número de monumentos a Jesús Sacramentado; lo importante es la disposición interior, y en estas circunstancias podemos hacer la visita a 7 templos de manera virtual.   

Viernes Santo: El solemne Vía Crucis, destacándose la IV estación, que es el Encuentro de Jesús con su Madre Santísima; las “7 Palabras”, que es una meditación de las últimas siete frases de Jesús antes de morir; y por supuesto, la Celebración Litúrgica del día (es el único día del año que no se celebra Misa), también la adoración de Cristo en la Cruz (“Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios” 1Cor 1, 18); en algunos templos tiene lugar el llamado “descendimiento” de la imagen de Cristo, así como el “pésame" a la Santísima Virgen María (incluso se acostumbra hacer procesiones con su imagen, en sus advocaciones de la Soledad o de los Dolores; sólo que por esta ocasión debemos evitar las reuniones masivas de fieles, claro que en su lugar podemos rezar desde nuestra casa el Rosario de los Siete Dolores de María Santísima, aquí te dejo el link de una guía para rezarlo https://www.corazones.org/maria/siete_dolores2.htm).

Sábado Santo, solemne Vigilia Pascual, Bendición del Fuego Nuevo, Procesión con el Cirio Pascual, Pregón Pascual, renovación de las promesas bautismales, para concluir con la Liturgia Eucarística, misma que debe ser de noche.

Domingo de Resurrección: Solemne Celebración Eucarística, pues celebramos con júbilo que nuestro Salvador Resucitó venciendo a la muerte, para darnos vida eterna.

¡Qué coincidencia!, ¿no?; esta "cuarentena" nos llegó justo en la Cuaresma; hasta nos facilitó el ambiente de sobriedad, de recogimiento, de introspección, de ayuno, de oración y hasta estoy segura de limosna (caridad); porque hemos de ver en este acontecimiento una oportunidad para acercarnos y confiar más en Dios, una ocasión propicia para brindarnos ayuda fraterna, y podemos tener un acercamiento quizá no físico, pero sí espiritual con nuestros hermanos, sobre todo los más necesitados.

¡No tengamos miedo!, la Pascua cristiana tiene sus raíces en la Pascua judía, que recuerda que aquella noche Dios "pasó de largo" en Egipto, sin que la muerte de la plaga entrara en las casas marcadas con la sangre del cordero (Éx 12, 7 y 13); por supuesto no consistió en un acto de superstición, sino que fue un signo de que en ese hogar se adoraba y obedecía al Dios verdadero; con ese mismo ánimo, nosotros tengamos la certeza de que ahora somos protegidos por la Preciosísima Sangre de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).

Hay una antiquísima oración que rezaban en época de pestes (epidemias), te la comparto: "Dios y supremo Señor, Rey de los Cielos y Tierra, del hambre, la peste y la guerra, líbranos por tu amor. Jesucristo Redentor, que en la Cruz todo venciste, vence Señor esta peste, por la muerte que tuviste. La peste de cuerpo y alma, te pido Señor se acabe, poniendo como intercesora a vuestra Santísima Madre". Amén.

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Lic. Lubia Esperanza Amador

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